Jesús Gironés
Jorge García
Carlos Maño: ironía y magia de la pintura Conocí a Carlos Maño en un momento de esos en que intuición y emoción coinciden: sus obras nos envolvían y eran un paraíso agradable y sugerente. La pasión de la pintura, la obra bien hecha y la mirada a los siglos pasados con los ojos de hoy, los únicos. Atrás quedaba el caos de una ciudad paralizada en un gran atasco, de un tiempo que jugaba entre lo cálido y lo helador, lo oscuro y lo luminoso de forma caprichosa, respondiendo en todo caso a un azar que ignoraba nuestros deseos. Algo a lo que nos acostumbra no solo el clima, es cierto. De repente los ojos del artista y mi torbellino de palabras coincidieron a pocos metros del Prado y el Reina Sofía. Ese equilibrio que solo consiguen, a veces, el arte y la vida, existía, nos rodeaba. En ese momento no quise investigar: disfrutar solo. Los dioses de la pintura y el cine habían salido a pasear tranquilos. Volaban entre nubes. O sobre ellas. El curso de los días entre eterno y cotidiano. Sueños luminosos. Historias para la luz. Y una gran ironía que permitía que todo fuese tan natural. Y es que la obra de Carlos Maño tiene la rara virtud de que sean muchas las lecturas que pueden hacerse de ella. Y su capacidad plástica crea un álbum de familia entre lo sagrado y lo sublime: Warhol, Velázquez, Rubens, Cranach, Miguel Ángel, Rita Hayworth, la Monroe o John Wayne nos parecen tan cercanos y lejanos como la foto de aquella tía tatarabuela que nunca conocimos pero que forma parte de nosotros mismos. El tiempo inmisericorde se detiene en la pintura de Maño. El artista sabio, sorprendido de su propio acierto -y quizá levemente temeroso de lo conseguido- nos deja estos cuadros para el tranquilo asombro, de forma que casi no nos demos cuenta de los aromas, los ricos matices y secretos que les dan vida. Hay en ellos una aparente facilidad, una musicalidad juguetona que esconde lo pensado: se intuye el volcán apasionado, el cauce de lava mudado y encauzado por la bruma que nos lleva a valorar un hermoso día, un excelente caldo, la acogedora calma. La luz, insisto, de muchas horas de mirar y de pensar nos es devuelta. Recupera el placer tras una batalla en la que nos iba la vida, tras la tormenta del amor (o del color) que nos ha hecho vernos y valorarnos en un nuevo esplendor, más cotidiano, más cercano, más sereno. A veces es imprescindible una mirada como la de Carlos Maño y sus historias de la pintura. Su placer. Nuestro placer. Ordena el mundo porque sabe de su turbulencia. No es el tiempo de Alicia, sus maravillas son otras: su búsqueda es otra. Hay que mirar el mundo como a través de una inmensa televisión. Y luego apagarla, casi para siempre. Y soñar. Otro cielo, otros pájaros, otra vida. Crearla. Con la pintura. Que los que no ven, vean, si acaso el conjuro hiciese efecto. El río en el que es imposible bañarse dos veces, casi sí. Aunque no sea posible, que sea posible. Dice Juan Gelman que el frío de conocerse puede tener otro destino. Que el corazón no hace sino sobrevivir en el tajo de sus corrientes extrañas. Otro camino: la magia que Woody Allen proponía en La rosa púrpura de El Cairo. Jesús Gironés
Carlos Maño aborda una nueva propuesta pictórica Los lenguajes de la reflexión Desde hace unas dos décadas Carlos Maño (…,1960) produce una pintura en donde se advierten consolidadas señas de identidad expresionistas, contenidos plurales y, con frecuencia, un atractivo lirismo. Una decisión personal que este artista ha desarrollado con una imaginería abundante en grafismos de potente capacidad sugestiva y un tratamiento del color, en donde tanta importancia tiene la elección de la paleta como la generación de texturas y los volúmenes. Estos presupuestos han originado una obra reconocida por coleccionistas, galeristas, críticos y público aficionado al arte contemporáneo de Galicia, norte de Portugal, Madrid y Barcelona. Maño reside habitualmente en Arousa, una comarca de referencia artística por el nutrido grupo de destacados pintores y escultores que viven y trabajan próximos a la ría. La evolución de este pintor hasta finales de los años 90 transcurrió con un ritmo de serenas inflexiones, orientado seguramente hacia la búsqueda de lo esencial del complejo mundo interno que revelan sus cuadros. En la producción previa a la obra que se conoció en junio de 2002 en el Castelo de Soutomaior, Pontevedra, se advierte una cierta economía de imágenes pero dotadas de nuevas capacidades alusivas, además de una preocupación por plantear otras formas compositivas. Tales son algunos de los principales atributos de una madurez artística, que se ha demostrado razonablemente sensible a las corrientes –y turbulencias- de la pintura de la segunda mitad del siglo XX. La incontaminada calidad contemporánea de los cuadros de Maño está respaldada, entre otros aspectos, por un desprejuiciado conjunto de opciones y privilegiada por criterios cargados de subjetividad e intuición. De la imagen reproducida a la imagen representada A finales de 1998 la producción de Maño experimenta un importante salto evolutivo que transforma de una manera radical su discurso pictórico. Irrumpe en sus cuadros una aleatoria selección de imágenes reproducidas, que constituyen claros referentes a lo cotidiano, a las nuevas formas de belicismo, a lo político como significado y también a lo poético. Otra de las novedades reside en que la organización del espacio en el lienzo se supedita con nitidez a un doble lenguaje de reflexión: por un lado conserva sus entrañables señas de identidad expresionistas y por otro elabora una personal propuesta estética de gran eficacia narrativa, vinculada sólo formalmente con la abierta tradición del arte pop. Sin renunciar a nada, Maño incorpora sistemas, códigos y métodos de producción tecnológicos en su pintura, aspectos que colaboran en gran medida a definir su nueva propuesta, tanto como lo hacen también sus novedosos contenidos. Las referencias a la realidad que Maño plantea ahora en su pintura son aportadas por imágenes que el artista selecciona en medios digitales e impresos de reproducción, un osado recurso introducido por el arte pop,( y antes por el collage) adoptado y enriquecido por este artista con una compleja y avanzada técnica que incluye sucesivas intervenciones manuales y digitales. En los espacios más privilegiados de sus cuadros, el sensual y esforzado acto de pintar ha sido reemplazado por el resultado de un conjunto de calculadas decisiones y consideraciones estéticas. En el tratamiento de las imágenes reproducidas hay una búsqueda que elude, con buena fortuna, el azar y la literalidad. Uno de los felices hallazgos de esta nueva etapa de Maño, es el proceso invisible por el cual las imágenes reproducidas adquieren en su pintura todos los atributos de imágenes representadas. Una narración con significado Algunos pintores pop solían vaciar de contenido lo representado mediante la utilización de colores creados, que no se encuentran en la naturaleza, y fondos neutrales. La carga y el valor de lo narrativo estaban depositadas mucho más en aquel novedoso lenguaje pictórico, que en el propio significado de los iconos. Un aporte de Maño a esa corriente es su recompensado esfuerzo de dotar de claras alusiones, y hasta directas alegorías, a los cuadros de su última producción. Cabe recordar aquí el explicito rechazo de Andy Warhol a la interpretación de significados en su obra. Maño se involucra en una propuesta estética de singular trascendencia para la plástica del siglo XX, y devuelve con atractiva innovación el conjunto de sugerencias que asume de ese arte. La identidad de método, que reside en elegir entre imágenes reproducidas y manipularlas antes y después de su incorporación al lienzo, hasta que adquieren la buscada calidad de imagen representada, no está al servicio de la intencionada banalidad que practicaron los artistas pop. Maño narra, interroga y afirma desde su pintura, pletórica de significados. La decisión de que en sus cuadros convivan, cohabiten tal vez, recursos pictóricos del pop y del expresionismo, denota complejidad, riesgo y libertad artística. De la misma manera que el creador gallego Tono Carbajo, por citar un artista de la misma generación de alguna manera próximo, transita con destreza por distintos soportes e innovadoras técnicas, Maño se desentiende, una vez más, de la ortodoxia de las corrientes y los estilos, para construir una sólida propuesta personal sostenida, entre otros aspectos, por su oficio de pintor adquirido a lo largo de dos largas décadas. Complicidad, guiño, yuxtaposición, doble discurso, síntesis o referente, cualquiera sea el esfuerzo semántico para interpretar la presencia de los dos lenguajes que utiliza este artista en sus cuadros, la realidad es que el conjunto de los acabados y eficaces recursos que utiliza Maño, justifican la ambición de reivindicar un espacio propio, de opinar desde una concepción de la pintura y de asumir una identidad visual diferenciada y cargada de futuro. Jorge García